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Vlad IV nació en una región de Rumania de nombre Valaquia, en el año de 1431. El nombre de Draculya, con el cual Vlad firmó algunos manuscritos en Transilvania, tiene su origen en la Orden del Dragón, fundada en 1418 por el Emperador Segismundo de Hungría. Esta Orden le confirió al padre de Vlad el título de Dracul, y él se sintió tan orgulloso del honor otorgado a su familia, que por eso se proclamó a sí mismo Draculya, que significa “El hijo del Dragón”. Sin embargo, el término Dracul no sólo significa “dragón”, sino que es uno de los nombres con los cuales se conoce al demonio en lengua rumana; de esta forma, Vlad Tepes fue conocido también como “El hijo del demonio”. Probablemente su personalidad cruenta le vino a causa de que pasó casi toda su infancia como rehén de los turcos, y tuvo que sufrir el horror de ver cómo los húngaros torturaban y mataban a su padre y a su hermano, enterrando vivo a aquél y quemando los ojos con un hierro candente a este.
Ante hechos tan sangrientos, podríamos pensar que Vlad fue un ser odiado y temido por su pueblo, un monstruo. Sin embargo, no todas sus acciones fueron malas, y de hecho en su patria se le tiene como un gran gobernante y conquistador, un auténtico héroe. Vlad se hizo con el trono en 1546 y fue un hábil diplomático, que se centró en la unificación de su pueblo y desmanteló el poder de los boyares (la aristocracia local). Se podría decir que usó la violencia esencialmente como arma política.
Su muerte fue bastante peculiar.
Cuenta la leyenda que algún tiempo después de su muerte abrieron su ataúd y lo encontraron vacío, y aún corre la leyenda de que Vlad no murió en realidad y algún día, cuando su nación pase por un momento de gran necesidad, volverá para gobernarla de nuevo y conducirla a la victoria.
Erszebeth Bathory nació en 1560 en el seno de una riquísima familia húngara y pertenecía a la más rancia aristocracia (su tío era el rey de Polonia). Desde su infancia, estuvo influenciada por su nodriza, que conocía las artes de la brujería. A los 11 años se prometió al conde Ferenz Nadasby y a los 15 años se casó con él. El conde era un guerrero al que se conocía como El Héroe Negro. Juntos se marcharon a vivir al castillo familiar de los Nadasby, el Castillo Csejthe, situado en la cima de una colina por los Cárpatos. Como solía ausentarse a causa de las guerras, Elizabeth comenzó a asistir a las orgías organizadas por su tía Karla, que era lesbiana.
Fue a la muerte de su marido (que no veía con malos ojos su comportamiento cruel, ya que era partidario de disciplinar al servicio) cuando Erszebeth se cobró su primera víctima, una joven sirvienta que la estaba peinando. La joven dio un tirón a su pelo y Erszebeth la abofeteó con tal ímpetu que la hizo sangrar. Su mano quedó manchada y Erszebeth, en su imaginación, creyó ver que el trozo de piel manchado de sangre rejuvenecía y tenía mejor aspecto que el resto de su cuerpo. De inmediato, ordenó que le cortasen las venas a la joven sirvienta y llenaran la bañera con su sangre.
Pero los habitantes de los pueblos de los contornos no eran estúpidos, y se dieron cuenta de que todas las chicas que eran enviadas al castillo desaparecían para siempre sin que nadie volviera a hablar de ellas. Tras once años de desapariciones, los campesinos comenzaron a investigar por su cuenta y hallaron varios cadáveres de chicas jóvenes en las inmediaciones del castillo. Desde entonces, cada vez que aparecía la condesa en su carruaje, escondían a sus hijas. Informaron al rey Mathias II de sus sospechas, pero el rey se lo tomó con calma; no fue hasta 1610 cuando envió una tropa de soldados al mando del propio primo de Erszebeth, Gyorgy Thruso.
Los soldados entraron en el castillo y descubrieron a una pálida joven que se estaba desangrando y tenía el aspecto de haber sido torturada. Alarmados, registraron en profundidad el castillo. En el sótano encontraron muchas víctimas aún con vida, terriblemente torturadas y con suficientes cortes como para atestiguar que habían servido como fuente de la eterna juventud para la condesa. Encontraron también una jaula de hierro con forma humana que en su interior estaba llena de pinchos. Ahí metían a las chicas cuyos pinchos atravesaban sus cuerpos, alzaban la plataforma y la condesa se ponía debajo para ducharse con la sangre de las mujeres. Cuatro años más tarde, la condesa dejó de comer, y finalmente falleció de inanición, a los 54 años, sin haber pronunciado una sola palabra durante su cautiverio.
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